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  • Daniel Alejandro

Acompañando el navío-hospital Abaré: un modelo de salud ribereña


Voluntarios, médicos, enfermeras, marineros etc. que conforman el Abaré

Después de tres meses averiguando y uno en la espera de que zarpara, logré subir a bordo del navío-hospital Abaré. El Abaré es una embarcación de hierro de tres niveles. La planta baja está dividida por un pasillo largo y medio estrecho, donde se encuentra la unidad básica de salud, con dos consultorios médicos, un laboratorio, una sala de vacunas, y un consultorio de odontología. En sus viajes regulares de 14 días por mes, el personal de salud visita las comunidades ribereñas a las márgenes del río Tapajós. El primer viaje del Abaré fue en 2007, bajo la dirección de una ONG holandesa en colaboración con otras entidades locales. Desde entonces se volvió leyenda como modelo de salud en la Amazónica y muchas alcaldías de la región tomarán su ejemplo implantando navío-hospitales propios. En 2011, el Abaré paró sus servicios después de entrar en un lío jurídico que terminó con la ONG holandesa queriéndose llevar el navío hasta África. Sin embargo, a comienzo de este año regresó a funcionar bajo la dirección de la universidad estatal UFOPA y la secretaría de salud municipal.


Logré subir a bordo del Abaré con la ayuda de una profesora de la UFOPA, ya que cada órgano actuante en el navío cuenta con un número limitado de vacantes y se necesitan conexiones para abordar. Una vez en el Abaré fui recibió por Marcela, una enfermera en sus cuarenta años de ojos verdes y mirada juvenil, que me contó su experiencia en el campo, visitando comunidades a bordo del navío y en lanchas y barcos menores después de que este dejara de funcionar. Me contó que hace unos años estuvo a punto de desistir del Abaré, pues los viajes de siete y más horas en canoa le causaban dolores insoportables en la espalda y la cansaban a tal punto de que al llegar a las comunidades ya no quería trabajar. Sin embargo, en una visita a una comunidad distante en el río Arapiuns fue recibida con carteles y un cántico en su honor, como muestra latente de agradecimiento y reconocimiento a sus esfuerzos. Esto le restauró el alma y el cuerpo para seguir trabajando hasta el día de hoy.


El N/H Abaré en la margén del río Tapajos.

Aparte de Marcela, el navío-hospital cuenta con una tripulación numerosa. Al subir al barco, conté treinta personas: un médico brasileño formado en Bolivia, un dentista al cual la infraestructura limitada en el barco solamente le permitía sacar muelas, dos consejeros familiares que viajaban a impartir charlas sobre la prevención de abuso a menores, una psicóloga servicial que ayudaba en todo, tres empleados de los servicios de asistencia social del gobierno que viajaban con la intención de realizar el Cadastro Único (un tipo de registro y censo que le permite al gobierno brasileño otorgar asistencia social a quienes más lo necesitan), seis enfermeras y un enfermero que vacunaban a niños y adultos contra la influenza, el tétano y otras enfermedades, ocho voluntarios, entre ellos yo, una chica de Río de Janeiro, un académico de otra universidad estatal, tres gringos estudiantes de enfermería y farmacia con dos traductoras, y un joven paulistano que llegó de mochilero a Santarém y se quedó en la región después de enamorarse de la hija de un ex-guerrillero cubano radicado en Alter do Chão. También conté a la tripulación del navío, conformada por un comandante que se conoce el río Amazonas desde su desembocadura en Macapá hasta los rincones de Leticia, dos cocineras magníficas que nos mimaron durante todo el viaje con postres y tortas, cuatro marineros que se ocupaban día y noche del navío, y un veterinario del cual me hice muy amigo andando las comunidades vacunando contra la rabia a cuantiosos gatos flechudos y perros lánguidos que encontrábamos.



Cada vez que el Abaré se orillaba en el litoral de las comunidades, una fila de comunitarios ya esperaban para subir a bordo. Decenas hacían fila para recibir medicinas, ver al médico o el odontólogo por causas varias como seguimiento de embarazos o dolor de muela. Otros esperaban en los barracones comunitarios o las salas de escuelas realizando sus registros para recibir asistencia social, mientras escuchaban la charla de los consejeros tutelares. El silencio de las charlas, de un aire serio y pesado, era en ocasiones interrumpido por los alaridos de los niños siendo vacunados y la cháchara de los demás adultos vanagloriándose de su capacidad de soportar el dolor de las inyecciones.


Comunitarios de la aldea Solimōes suben al N/H para recibir atendimiento médico.

En la parte baja del río Tapajós, las comunidades se encuentran en lo alto de los barrancos, como si fuesen los Acantilados de Dover. En cierto momento, las comunidades empiezan a parecerse unas a las otras, aunque de vez en cuando alguna resalta con inquietudes. Visitamos comunidades pequeñas de no más de 30 familias a comunidades numerosas como Boim, que cuenta con una iglesia de porte medio, notaria propia, numerosas calles, una escuela espaciosa y cableado eléctrico, aunque la electricidad sea generada por bombas de gasolina. También visitamos comunidades que, aparte de su belleza natural con árboles milenarios y igarapés de aguas diáfanas y frías donde el dosel de la selva se reflejaba en la superficie, cuentan con reliquias históricas como la aldea-comunidad de Vila Franca, cuál fue la primera villa de la región donde los colonizadores querían fundar Santarém pero al final eligieron la margen opuesta del río. En Vila Franca se encuentra una iglesia de tres siglos construida por los franciscanos, saqueada y remodelada a través de los años, y que hoy en día se encuentra por caerse a la merced de fieles caritativos pero pobres que buscan parar las paredes de piedra y bahareque con cemento y tablas. En esta Villa colonial se encuentran desde murallas de piedras de su fundación hasta cañones y otras reliquias de la guerra del cabanagem, una revuelta popular que desde 1835 se libró por varios años en la Amazonia, en lo que era entonces la provincia de Grão-Pará.


El N/H Abaré estacionado a las margenes de la comunidad de Boim.

Mi inquietud por visitar el Abaré surgió principalmente del deseo de presenciar el atendimiento de salud pública, ayudar en la práctica y conocer su importancia entre las comunidades más vulnerables. El navío-hospital fue en definitiva la mejor forma de presenciar la salud en práctica, pero también fue una experiencia agotadora. Las jornadas de vacunación aunque importantes en su amplitud y repetición, no dejaron de parecerme metódicas y tediosas precisamente por su eficacia. Así que en mi viaje frente al tema de salud pública me limité a acompañar la vacunación pero de los animales, lo cual me permitió andar las comunidades y conocer los hogares de muchas familias.



Comunidad-aldea Vila Franca, donde una parte de la población se identifica como índigena y la otra como mestiza.

En mis días de veterinario aprendiz, aquel dicho de una vida de perro nunca tuvo antes tanto sentido como entonces. En una escena casi repetida en todas las comunidades, me encontraba manadas de perros, hasta diez por casa, todos flacuchentos con los huesos de la cadera que se les marcaban en la piel como los palos de una cometa mal forrada. Estaban a tal punto de hambre que algunos comían nueces o farinha con agua. Su letargo famélico era tan fuerte que ni se inmutaba a levantar la cabeza cuando me les aproximaba. Las lagañas les inundaban los ojos y parecía que el pelo no les alcanzaba para cubrirles el cuero. Quedé con la impresión de que el estado carente de los animales era una manera factible de determinar el estado de pobreza de cada comunidad.


En mis días en el Abaré, aparte de las rutinas de vacunación, charlas y talleres de videos de salud, hubo momentos de emergencias médicas que me despabilaron a la urgente necesidad de tener este tipo de atendimiento. Un día una mujer fue traída desmayada, luego que vio a su padre ebrio caer al río. Afortunadamente, no pasó a mayores y el padre fue rescatado y la mujer fue atendida por los médicos y la psicóloga. En otra ocasión, aún más impactante, a camino de ir a vacunar los perros, encontré a un niño con una cortada profunda en el pie izquierdo. La herida, cual se había infligido rozando la huerta de su casa, estaba cubierta por una camada de piel negra ya muerta que necesitaba ser removida para prevenir una posible gangrena. El niño tenía miedo de visitar el Abaré, pero la pesadez rodante de mi insistencia y el temor de perder la pierna lo convencieron a último minuto a visitar el navío y ser tratado.


Niños y jovenes de la comunidad Boim que participarón de una de los talleres de videos sobre la salud.

Durante diez días navegamos a la margen izquierda del río Tapajós desde Boim a Vila Franca. Al regresar al puerto de Santarém, volví con una convicción profunda sobre la importancia de que la salud pública sea pro-activa y vaya hasta las personas y de que los derechos de los ciudadanos y la atención del estado sean accesibles a los pueblos sin comprometer su forma de vida. La vida en el campo y en medio de la naturaleza debería ser compatible con un bienestar digno, con educación y salud de calidad. Regresé con un sentimiento de satisfacción de haber realizado todo lo que me propuse en mis días en Santarém y ya no tuve razón por la cual quedarme. Así que después de visitar las históricas pinturas rupestres de Monte Alegre, donde las datas de hallazgos arqueológicos ponen en duda la teoría de la migración del hombre a América por el Estrecho de Bering, decidí dejar en la memoria los confines de esta tierra que fue mi hogar por cuatro meses y continué mi camino río arriba hasta la tri-frontera. Desde allí he de echarles otro cuento.


El N/H Abaré esperando en la aldea de Suruacá.


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