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  • Daniel Alejandro

El mundo más allá de la cordillera: Rioverde y El Porvenir



La Divisa del páramo, dicen que al fondo se puede ver el río Magdalena

El descenso desde las alturas del páramo


Cruzar el páramo de Sonsón es como ingresar a otro mundo. Tal ha sido mi creencia desde niño, desde que crecí en una finca mirando el frente del Cerro de la Vieja, una montaña imponente de figura cónica que deja entrever riscos pedregosos y un bosque de páramo denso. Lo más llamativo de esta montaña es el arreglo de piedras grandes que forman lo que a lo lejos parece una anciana sentada. De ahí su nombre popular. Al otro lado del cerro, se encuentran varias comunidades entre ellas Rioverde de los Montes y de los Henaos. Estas comunidades hasta pocos años no tenían luz eléctrica y la red mobile todavía es escasa e inestable. Hasta hoy solamente existe un camino de herradura o camino real por donde transitan las mulas cargadas de café, panela, madera y caña, y por donde se transportan a diario personas por entre los riscos, ríos y selva van y vienen a sus fincas dentro de los tantos cerros que reposan más allá de las alturas del páramo.


En mi tiempo libre en la Amazonía retomé el hábito de escritor y escribí cuentos y otros relatos, muchos de los cuales publiqué en este blog y muchos que aún aguardan ver la luz para ser leídos. Aunque encontré el juicio de escribir muy lejos de mis orígenes, mi imaginario literario siempre se ha extendido a este mundo más allá del páramo del cual crecí escuchando. Este está compuesto por las veredas de mis abuelos, donde crecieron mis padres. Regiones con proporciones mitológicas, cuentos de brujas y duendes, encantos y supersticiones, y creencias populares antioqueñas. Pero este mundo tan bien ha vivido una realidad tal vez muy real, de crueldad y violencia, que durante años de conflicto armado llenó la región de muertos y desplazados, incluyendo varios de mis familiares. Es una región que en su mayoría se ha mantenido al margen de todo desarrollo, que ha sido explorada, deshabitada, reconstruida, olvidada y reencontrada. Fue entonces, después de recorrer medio Brasil, que me decidí a conocer este mundo tan familiar y la vez tan extraño.


Un atardecer surreal en Rioverde.

Al llegar a Colombia, los primeros días se fueron en planear la travesía reuniéndome con organizaciones locales que intentan preservar el medio-ambiente y trabajan con los campesinos de la región. Al fin de cuentas, decidí de hacer del viaje algo más íntimo, y sólo tuve que contar con dos compañeros de ruta, mi madre y mi tía, para lanzarme a la aventura. Llegamos al extremo de una carretera destapada entre la neblina fría y la oscuridad del amanecer, dispuestos a bajar el páramo por un camino rocoso que a lo largo de los años suplantó el camino viejo que hoy los comunitarios intenta rescatar para construir una carretera que al fin los conecte al pueblo de Sonsón. Al llegar al páramo, la claridad del amanecer se dejaba entrever desde La Divisa por entre las montañas. Es desde aquí, que en tiempos despejados, dicen, se puede divisar el vasto río Magdalena con sus buques y puertos.


Guardamos en la memoria los destellos de luz de un amanecer que le rendían veracidad a mi teoría que ingresábamos a otro mundo, y comenzamos el descenso por el camino rocoso, en medio de los acantilados y cañadas de aguas diáfanas que goteaban entre las peñas y los musgos de páramo. Los pájaros y periquitos no dejaban de cantar y revoloteaban entre los árboles a lo largo del camino culebrero, planeando encima de los despeñaderos sin fondo, como el afamado Alto de la Venganza donde años atrás por un ajuste de cuentas alguien echó a rodar tres mulas hacia sus muertes. Al pasar los riscos, mi madre y tía recordaban con cierta pesadumbre las travesías de su niñez, cuando en tiempos de vacaciones escolares su madre llevaba a sus doce hijos hasta la finca en el fondo del cañón, cargados en pares de cajones de maderas colgados en los costados de las mulas. La mulada pasaba rozando los precipicios como queriendo tocar el cielo. Aunque hoy hay varillas oxidadas y muros de cemento para contener los animales y evitar posibles tragedias, la trocha no ha dejado de ser artesanal y riesgosa.


El cañón de San Pacho, al fondo se ve la casa de mi tía Nena.

La sensación de adentrarnos en otro mundo se hacia más verídica al ver entre la luz resplandeciente de un amanecer ya casi consumado, los filos de las montañas con palmeras largas y delgadas, como las de una playa caribeña. Estos eran signos claros de una tierra caliente que parecían mentira desde los acantilados fríos del páramo. El largo y empinado descenso nos hizo temblar las piernas hasta la casa de Santana, una finca ya entre el abandono que a los largo de los años, según mis acompañantes, ha visto más muertos que vivos. Localizada en el pie del monte del páramo, la finca de Santana ha sido el punto de descarga de los tantos moribundos y difuntos de las veredas que buscaron su descanso final en el pueblo de Sonsón. Mientras esperábamos la mulada que vendría a recogernos hasta la casa de uno de mis tíos, una pareja joven subió hasta la casa abandonada, con la caza para el almuerzo, un gurre o armadillo ensangrentado con la herida todavía fresca y pujante de un tiro en el la cabeza. Ya marcaban las ocho de la mañana y las mulas comenzaban a subir, cargadas de bultos café y bloques de panela para vender en el pueblo entre 800,000 pesos la carga. También subían familias con sus bebés y niños cargados entre los brazos, todos a paso recio, apurados por alcanzar la escalera de la una de la tarde que los llevaría hacia el pueblo.


En el pie de monte del páramo se encuentra la casa de Santana, lugar que ha visto más muertos que vivos.

A unos pasos de Santana, los caminantes que encontrábamos ya comenzaban a reconocer a mis acompañantes por nombre y apellido. Fue en ese momento que un territorio místico se tornó tan familiar como los rincones de la finca donde crecí. Más allá del camino, entre los barrancos socavados por las pisadas de las mulas, nos encontramos a una prima, quien con ocho meses de embarazo viajaba en mula hasta los altos del páramo para realizarse el control de su embarazo en el pueblo. Más abajo, en la bifurcación de los caminos a la veredas de El Salado y Rioverde de los Henaos, entramos a un primo segundo con las tres mulas que nos vinieron a recoger.


Rioverde: tierra de realidad y leyenda


De ahí en adelante el camino fue fácil. Recorrimos los senderos enfrascados en matorrales y extensos cultivos de caña de azúcar y algunas ramadas y trapiches para realizar las moliendas de panela. Continuamos el camino al lado del cañón del río, cruzamos el estrecho y afamado puente de brujas, con su hechizos y cuentos de ultratumba, pasamos cascadas y potreros que algún día fueron selva virgen, atravesamos el puente de la vereda la Playa donde cayó a su muerte el primer marido de mi madre, y por último subimos hasta la cumbre de una loma hacia la finca de Antero, uno de los hijos mayores del matrimonio de doña María y Nacianceno, mis abuelos maternos. Aquí pasamos los próximos días deslumbrados por la cordillera y la altitud del páramo que se sentía imponente tocando las nubes a más de 3 000 metros de altura.


La finquita de mi tío Antero, donde siembra café y caña.

Después de tres días de ocio, tomando café cerrero, ordeñando las vacas, tirando charco y conviviendo con familiares que hasta entonces no conocía, fue la hora de continuar la visita hacia la casa de otro familiar, mi tía Nena; la menor de las García y la cual enviudó hace poco, después de que su esposo, tal como el primer esposo de mi madre, se cayó de un caballo. La casa de Nena, es una casa simple de tabla y cinc, en una loma que mira el cañón donde mis abuelos un día vivieron. Este cañón es conocido como San Pacho, y aquí existía una casa grande de balcón, con pisos de madera y un patio extenso en pura piedra. La casa fue demolida años después de que el heredero, mi tío John Jairo, el menor de todos los García, fue asesinado y la casa pasó a manos de terceros. De San Pacho hoy solamente queda la ramada de los abuelos, donde se realizaban las moliendas y todavía la caña se exprime con una rueda de agua como esas que llevan los buques a vapor.


El cañón de San Pacho, tierra de los abuelos.

Los siguientes días ya no fueron de ocio sino de exploración. Visité las tierras de la Miranda, unos cerros que antes fueron potreros donde mis abuelos solían criar ganado, y que con el pasar de los años se han convertido en espesas selvas con árboles de troncos gruesos y altos. El estado de abandono natural de la vereda la ha postergado al pasado, y las escasas personas que la habitan no tienen electricidad, alejados en lo más remoto de veredas ya por sí remotas, allí pasan los días cultivando café, yuca y caña. Esta jornada de camino las completamos saliendo a pescar de noche, en medio de la luna llena, con arpón y careta. Recorriendo las cascadas empedradas del río Verde, logramos colectar un total de setenta peces.


Sembrados de café en la vereda La Miranda.


El Cañón del Melcocho y el turismo comunitario


Al paso de una semana, nos dirigimos a un festival de música de guitarra campesina en la vereda El Porvenir en medio de El Cañón del Melcocho. Después de tres horas a lomo de mula, atravesando la cuchilla de La Quiebra, llegamos a un caserío de no más de treinta familias. Es en esta vereda donde creció mi padre, y donde hoy viven varios de mis tíos, y que todavía mi abuelo de ochenta años visita con frecuencia. Pasamos los días en familia, visitando los confines de un bar llamado Culoestrecho y disfrutando del festival de música organizado por jóvenes universitarios del municipio del Carmén de Viboral.


El Cañón del Melcocho, al fondo se puede avistar el caserío del Porvenir.

El Cañón del Melcocho es visitado constantemente por turistas, muchos de ellos extranjeros, que viajan para ver las montañas y bañarse en las aguas cristalinas. En los últimos años se ha logrado alguna organización comunal para lograr alojar los visitantes en las diferentes casas campesinas. En esto, el Porvenir es una historia diferente a Rioverde, pues en Rioverde las fincas son separadas a la distancia de un cerro una de la otra. Tal vez sea por esto que a pesar de que todos se conocen como una gran familia, esfuerzos de organización comunitaria son escasos. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de entidades gubernamentales para incentivar el turismo en el Cañón del Melcocho, dándole visibilidad a eco-rutas veredales y caminos reales que han sido usados por años por el mismo campesinado, aún no se han impulsado proyectos de infraestructura comunal destinados al turismo, tal como posadas gerenciadas por los mismos comunitarios.


Desafortunadamente, todavía falta la infraestructura necesaria para generar nuevas oportunidades en un contexto de desarrollo sostenible, y es así que proyectos como el plan del camino que conectara a Rioverde con el pueblo—actualmente liderada por las mismas comunidades sin una ayuda mayor del estado—parecen ser los únicos esfuerzos colectivos que prometen mayores beneficios socioeconómicos para estas comunidades remotas. Sin embargo, dependerá de la atención del estado el hacer de este esfuerzo colectivo un desarrollo sostenible para la región y no solo una camino maltrecho y descuidado.



La finca de mis abuelos paternos, Joelito y Elvia.

P.s. Meses antes leí de Vargas Llosa algo así como que la imaginación de la ficción es mejor no contaminarla con la veracidad de la realidad. Espero mi encuentro con el mundo más allá de la cordillera sea un frente a esta creencia.

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