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  • Daniel Alejandro

El SUS y la fe



El riesgo de alguna complicación de salud después de mi operación cardíaca y derrame cerebral me han llevado a hacerme revisar, al instante, cualquier mal estado que me aflija. Después de lo vivido prefiero prevenir que curar. Es así que en los meses que llevo viviendo en Brasil he usado el Sistema Único de Salud (SUS) múltiples veces y en varias ciudades, al punto de que puedo decir que pese a su demora y falta de asistencia en locales apartados, es un servicio popular relativamente bueno, accesible y hasta más justo que la asistencia básica de salud en un país desarrollado como Estados Unidos—donde el chequeo regular por un médico es un lujo que pocos pueden costear.


Recuerdo que de las veces que visité el SUS, la mayoría fueron por cosas mínimas como una infección de oído o un pulgar lastimado que parecía una fractura. Sin embargo, mi última emergencia parecía ser más seria. Un viaje en barco desde Santarém a Manaus me dejó con siete úlceras en el pecho, rojas y redondas como quemaduras de cigarrillo, y una presión en el pecho que me causaba un dolor agudo al respirar. Pensé estar muy enfermo. No obstante, para mi fortuna y vergüenza, en aquel abarrotado pasillo de urgencias en Manaus, todos los enfermos parecían estar más graves que yo.


Al llegar al Hospital e Pronto Socorro en la 28 de agosto, aguarde en tres filas hasta acertar en la correcta. Estuve constantemente alerta a que llamaran mi nombre y continué mirando mi entorno buscando entre la multitud de caras de agonía, desesperación, tristeza y rabia, la última persona a la cual seguía mi turno, el número 810. Mientras aguardaba vi una colegiala a quien le habían pinchado el ojo con la punta de un lapicero, vi también a varios ancianos aparentemente desahuciados, y una señora con una cara de aflicción que irradiaba sufrimiento.


La sala de emergencia constaba de un pasillo con sillas amarillas y blancas, y varias salas sin ventanas. Frente a mí se sentaron dos señoras; una de ellas se sobaba el brazo ya canalizado para recibir el suero, mientras se acostaba ligeramente hacia el lado izquierdo como pidiendo permiso para llorar. La otra señora, de mayor edad, se sobaba el pecho constantemente como si un líquido ácido le estuviera quemando la garganta, preparada para ser abatida en cualquier momento por un paro cardíaco. Mientras tanto, un olor a mierda impregnaba todo el recinto, desde el fondo pasillo hasta el consultorio médico, donde una doctora, aparentemente ajena a la urgencia de todos, miraba su teléfono de alta gama sin levantar la cara ni saludar a los enfermos que entraban al consultorio—simplemente los hacía esperar, les miraba de reojo, y los remitía a otra fila.


Seguí esta misma suerte, con mi ficha de riesgo marcada en nivel amarillo y mis tormentos que, con cada persona que veía, parecían ser solo remilgos. Entonces tuve la certeza absoluta que si me quedaba un minuto más en aquel lugar, así no tuviera nada, saldría enfermo. Unas ansias de huir y abandonar mi turno me invadieron, mas una escena oscuramente cómica me trajo de vuelta: una mujer en sus cincuenta, de porte medio y cabello crespo, devota de la iglesia evangélica, pasó distribuyendo papelitos con el título de «Não adianta nada mesmo» (No sirve de nada) y un mensaje lleno de citas de la biblia que invitaban a los enfermos en tiempos de enormes dificultades a encontrar la esperanza en Jesús.


Por mi parte, recibí el mensaje divino y dejé que la doctora que no miraba los ojos a sus pacientes me revisara. Al final, me recetó unos relajantes musculares y antialérgicos para las picadas (al parecer fue estar planchado en una hamaca por varios días lo que me dejó enfermo). En todo esto aprendí que más vale curar así solo sea para prevenir algo peor, y que con certeza en los rincones de este mundo donde todavía no llegan los milagros de la ciencia, la fe sosegará las penas. Una consecuencia dañina para el progreso ya que puede prolongar injusticias posiblemente remediables. ¿Y cómo no? Pues no dudo que en esa salita de urgencias de Manaus, la posibilidad de entregarse a Jesús debió ser una salida más que seductora para quienes después de esperar horas y horas, la promesa de una cura por parte de Dios llegó primero que su consulta médica.


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#Salud #JusticaSocial #Amazonas #Religión #Fe

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