©2019 by Lessons from the Amazon

Buscar
  • Daniel Alejandro

Don Juan el criollo

Actualizado: feb 17

La herida de bala se demoró tres meses para sanar, pero su mal de amor nunca pudo reponerse. Desde esa noche nefasta, decidió perderse en las cantinas y los prostíbulos baratos. Entonces se convirtió en Don Juan el criollo.


Años más tarde se sentó a mirarse al espejo con su potra inerte y arrugada como un acordeón, sin reconocer el reflejo de aquel viejo decrépito carcomido por los años. Aquella triste imagen le recordó que en algún tiempo fue una fiera insaciable con más cuentos que una casa de putas, y le evocó una risa casi demente, después de la cual, con cierta amargura en su mirada, se mandó la mano a su pieza sin vida apretándose los testículos hasta caer en un trance profundo.


Su legado fue dar excusas sobre su comportamiento adúltero: que sí lo hizo mi padre es un problema de sangre, que si al cura se le calienta por qué a mí no, que la culpa no es mía sino de ellas porque me buscan. Fueron como estas tantas sus palabras en la ausencia de un amor verdadero y tan pocas entre los gemidos de amores perros.

Para entonces ya se habían secado las hojas y caído los pétalos de los rosales que su madre Amadora había sembrado el día de su nacimiento. Cuando se cayó la última flor, el jardín, antes envidiado por todo el pueblo, se había convertido en un chamicero sin ningún rastro de su pasado esplendoroso. Todos, incluso él mismo, chismoseaban que tal era un mensaje de la muerte que ya andaba rondando para darle la ineludible estocada final. Sin embargo, en esta ocasión ya no podría escapársele subiéndose a un palo de aguacate o cambiándose el nombre. Presentía que vendría por él en definitiva y esta vez no habría forma de evitarla.

Se conocía por sus propias cuentas, cuales se jactaba de compartir a anchas y amplias entre copas de aguardiente, que compartió la cama con más de quinientas y doce mujeres, y para el desconcierto de muchos, contaba la cifra de casi dos mil doscientas y tres muchachas con las cuales pasó la noche sin haberles tocado un solo pelo. Todo por el placer de conquistarlas y llevarlas a la cama. Con su labia y llanto de perro moribundo, era un amuleto de mujeres inseguras, casadas insatisfechas, y viudas en búsqueda de consolación. Para el viejo, que no siempre lo fue pues su fama de toro arrecho lo acompañó durante su juventud sonora, aquellas noches entre damas le complacían tanto que lo veía como un servicio a la humanidad; hasta el punto de que a ninguna mujer le llegó a preguntar su nombre. Solo llegaban tristes y salían risueñas.

—Pues al fin de cuentas —decía— para hacer el amor no hace falta saber un nombre o apellido.

A veces se le sentía reír con un volumen ensordecedor desde las duchas frías de la mañana y hasta las horas de dormir. Sus carcajadas no paraban ni quedaban a medias, pues hasta lloraba ahogándose de risa. Entre tantos que lo escucharon, se le creía el loco más jovial del mundo y sin la menor duda el más puto de todos. Pero entre sus allegados no se cansaba de repetir una frase que parecía burlesca:

—Quién dijo que de amor no se muere nadie, era un hijo de puta. ¡Yo todo los días me pudro!

Con tal dicho se declaraba un creyente devoto del extraño sentimiento del amor; una desventurada pasión que nunca negó fuera responsable de su miseria. En sus tiempos de pollero, no habían tierras sin conquistar, ni mujeres vírgenes que él no conociera. En su lecho de muerte se rió una vez más y mientras se ponía calzones nuevos para que la muerte no lo encontrara cagado de miedo, se tocó sus dedos escuálidos y marchitos y se palpó sus ojos lúgubres y secos, privados de cualquier lágrima de arrepentimiento.

—Esto fue todo. Ya llego la huesuda por mí. ¡Qué más da! Pues que entre y que todo el mundo sepa que morí de amor.

Así fue. Se abrió y cerró la puerta de un tiro. Un viento escalofriante se tomó el cuarto. Dos nubes oscuras cubrieron la luz del sol, como si un hombre santo hubiera muerto o tal vez evitando que un alma impura llegara hasta la claridad del cielo. Las campanas de la iglesia no sonaron pues no se había muerto un cristiano sino un hereje. Veinte años atrás había sido descomulgado por la iglesia y era odiado por el sacristán del pueblo, que recordaba cuántas veces había escuchado a su hermana gemir a cuestas de ese hombre vagabundo.


Aunque se desconocía a ciencia cierta la causa de su muerte, el médico se negó a realizar su autopsia pues insinuaba que no era nada bueno y simplemente declaró ante las autoridades: «No cabe duda que la razón cierta de su muerte es uno de los pocos misterios en este mundo que sería mejor nunca saber». El alcalde, quien perdió la mujer de sus segundas nupcias al hechizo suntuoso de ese Don Juan treinteno, decretó borrar todos los registros y documentos oficiales que pudieran atestiguar su existencia, ordenando así que la penumbra de infidelidad que escandalizó al pueblo, con centenares de guerreras caídas entre las sábanas, habría de enterrarse junto al viejo para nunca más ser conocida. Por lo menos, según el párroco, después de muerto solamente tendría que cruzar la puerta del infierno para nunca más regresar a joder los vivos. Sin embargo, los dirigentes no habrían de tomar ni el mínimo riesgo de que regresara.


Sin un llanto visible, entre la desdicha de muchas y la euforia de otros, se le enterró a Don Juan el viejo a más de seis pies de hondo con tres lápidas de concreto y placas de hierro, para que ningún curioso, intentando conocer su secreto de toro semental, lo desenterrara, y Dios guardase, tomará la osadía de revivirlo. Un gran trueno sonó poniendo en silencio a todo el pueblo, y una lluvia bíblica desató su rabia sobre las calles pecadoras, salpicando a gotas la tumba recién puesta que rezaba: «Aquí yace el pecado mismo, padre de nadie e hijo de todos. Rogad por su alma impura».

3 vistas
This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now