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  • Daniel Alejandro

La herramienta más poderosa para transformar el mundo


Barcos en el río Arapiuns, comunidad de Urucureá STM

Manaus: Into the Jungle


Al llegar al aeropuerto de Manaus ví la inmensidad de la selva y avisté desde lejos el encuentro de las aguas del Río Amazonas y el Río Negro. En verdad, lo que muchas personas conocen cómo el Amazonas es una intrincada red de afluentes, algunos de aguas oscuras como la Coca-Cola o casi cristalinas que desembocan en el Río Amazonas, una corriente caudalosas de aguas turbias y lodazales color marrón. Nunca antes había visto algo similar, la inmensidad de la selva continua más allá del horizonte, tanto que desde el avión fue difícil para mí diferenciar lo que era cielo y lo que era tierra. Mi sensación de deslumbro al ver tales planicies solo se compara a la primera vez que avisté los llanos orientales en Colombia, al cruzar el túnel que separa la Cordillera Oriental de las planicies del Meta.


En Manaus, me hospedé en varios hoteles, uno de ellos adentrado en la selva. Fue una experiencia increíble, donde pude ver los micos barrigones y otros animales como las guacamayas (o Araras). Manaus es una ciudad histórica. El Teatro Amazonas, construido durante el auge del caucho (borracha) e importado en su mayoría desde Europa, es un símbolo de la edad dorada del Amazonas, cuando la extracción del caucho trajo una ola de afluencia y lujo en toda la región Amazónica como la ciudad de Belém, cual fue conocida como la Paris de América. Sin embargo, también fue una era de sufrimiento y miseria para muchos. Varios indígenas y mestizos fueron esclavizados y mutilados en el proceso de extraer la borracha (el cual era un proceso tedioso que requería todo un día, en medio de la selva, en perniciosas condiciones expuestos a gases tóxicos y animales feroces, como los temidos jaguares (onças) y criaturas míticas como el Curupira y la Iara. Manaus es también una ciudad para sudar sin parar. La temperatura media es de 30-35 grados centígrados y es fácil deshidratarse si no se toma cuidado.


Puerto de Manaus

Santarém: Tierra de playas e Igarapés

Después de una semana me despedí de Manaus y continué hasta Santarém. Allí me encontré con el equipo de Vaga Lume y otro voluntario oriundo de Inglaterra. Al llegar al aeropuerto tomé un taxi desde el aeropuerto hasta una escuela comunitaria al lado de la carretera vía Alter do Chão. Pasé las primeras horas perdido, esperando instrucciones. Los organizadores, Lohana y Priscila, pasaron la tarde buscando la comida y organizando la logística de nuestro viaje a cuatro comunidades próximas de Santarém. Así que con todo listo, el próximo día emprendimos nuestro viaje a las cuatro de la madrugada hasta el puerto de Santarém, que para estas horas ya estaba con vida. Bajo las luces de los bombillos y faroles, habían varios barcos y ferries cargando víveres, motos, combustible, personas e incluso carros. Nos montamos en el barco Tapajós Neto II, una embarcación que la secretaria municipal de educación de Santarém (SEMED) nos proporcionó para llevar a cabo la travesía de casi una semana.

Dormir en el barco fue emocionante cómodo. Colgamos varias hamacas en las vigas de la embarcación y por más de cinco horas nos echamos a dormir, en medio de una tempestad mañanera como unos canchos en el lodo hasta que escampo y llegamos a la primera comunidad de nuestro viaje: Atodi. Esta comunidad, a las orillas del rio Arapiuns, debe su nombre, según relataron sus aldeanos, a un cacique indígena llamado Atodi o a una tribu del mismo nombre. Los residuos de Terra Preta en las laderas de la comunidad le dan veracidad a esta historia. Atodi es una comunidad pequeña de no más de cincuenta años y setenta familias, compuesta por mestizos de rasgos indígenas, quienes no se identifican con ninguna etnia en particular pero comparten parientes con comunidades indígenas aledañas. Nos encontrábamos allí para abrir la biblioteca numero cien de Vaga Lume. Esta experiencia me ha mostrado lo importante que son los libros y el inculcar el habito de leer desde la infancia—algo que personalmente me hubiera encantado adoptar cuando niño. En las bibliotecas que he visitado, el educador Paulo Freire estaba siempre presentes en el nombre de la escuela o en imágenes, y principalmente en citas como su celebre dictado marxista, sobre el control del hombre sobre la realidad: “La educación no transforma el mundo, transforma a las personas y ellos transforman el mundo.” Concuerdo plenamente y en este proceso de transformación, el libro es la herramienta más poderosa para educar.


Oficina de medicación de lectura Vaga Lume, Urucureá

Atodi es húmeda y caliente, casi todas las mañanas me despertaba con el bochorno de la madrugada y para las 10:00am ya estaba bañado en sudor. Sin embargo, el calor no me imposibilito dormir, esto se lo debo al nido de tarántulas en el techo de paja de la casa comunitaria donde nos hospedamos. Parecía que todos los días las arañas se acercaban más a nuestras hamacas y nos tocaba movernos de sitio temiendo que en medio de la noche nos cayeran encima. Durante tres días llevamos a cabo un entrenamiento en la comunidad para cuidar y operar la biblioteca comunitaria, leyendo para los niños y realizando otras actividades culturales y educativas alrededor de los libros. Digo que entrenamos, pero en realidad mi trabajo y del otro voluntario consistió en servir de niñeros durante estos días. En esta tarea los dulces de café y coco al igual que los lápices de colores y crayones de cera, que traje para regalar, fueron absolutamente indispensables.


Escuela de enseño básico en la comunidad de Atodi

Para el final de nuestra estadía en Atodi, los animales parecían estar en rebelión. En solo un día vimos todos los bichos que hasta ese momento no conocíamos. Para empeorar nuestro miedo constante de pisar alguna raya de río al desembarcar, por nada piso una serpiente coral de no haber sido por los gritos salvadores de mis compañeros. En la noche avistamos unas ardillas o tal vez micos, y más tarde murciélagos, ranas, sapos y muchas arañas, unas con cuerpos delgados como zancudos y otras peludas como peluches.


Antes de marcharnos, ayudamos la comunidad a instalar la nueva biblioteca en una sala provisional, y también a planear la construcción de un salón final para alojar la biblioteca, esta será construida durante la época seca entre junio y agosto del próximo año.



Biblioteca provisional Vaga Lume, Atodi

Al terminar nuestro trabajo en Atodi, continuamos nuestro transito a las comunidades de São Francisco, Urucureá y Maripá. En el Amazonas, la mayoría de las comunidades tienen nombres religiosos o indígenas, provenientes de algún Santo o Virgen, por lo tanto es común escuchar algunos São… o Nossa Senhora…, (por ejemplo, en su fundación en 1669 Manaus llevaba el nombre de Nossa Senhora de Conçeicão da Vila da Barra do Rio Negro y luego simplemente adoptó el nombre indígena de Manaus, que significa Madre de los Dioses). Muchas de las comunidades también cuentan con una escuela de una o más plantas, varias canchas de fútbol, arboles frutales—en su mayoría cajueiros—, palmas y una capilla o iglesia rústica, en adobe o madera, con estilo de campamento misionero. Algunas de las comunidades están a la ladera de los ríos, aunque muchas también se encuentran cerca de los afamados y hermosos Igarapés—cursos de aguas entre la selva, de poco profundidad, de aguas diáfanas y frías que funcionan en muchos casos como un medio de transporte a afluentes mayores. La comunidad de Maripá me pareció como Macondo, o por lo menos como lo ha recreado mi mente. Un pueblo en la llanura de la costa, entre las palmeras y monte, a la borda de un rio, con casas de tabla y arboles frutales y huertas de hortalizas. Me parecía ver la casa de los Buendía y el castaño donde José Arcadio fue amarrado al caer en la demencia.



Pasamos poco tiempo en estas tres últimas comunidades, solamente lo suficiente para visitar las bibliotecas ya instauradas y evaluarlas, llevar un nuevo acervo de libros, y leer con los niños de la comunidad. Cada lugar tiene perfiles diferentes. No puedo decir que presencie miseria extrema, pero sí pobreza visible en la precariedad de algunas de las casas y en el mal estado de los niños, algunos con ropas sucias y portes escuálidos. Todas las comunidades hablan portugués y cuentan con estructuras escolares, plantas eléctricas (claro que algunas fuera de servicio), y agua en abundancia. La mayor escasez notable, era la falta de medicina. En toda mi estadía no vi un solo centro de salud o cajón de medicinas. El hospital más próximo está en Santarém, a una a dos horas en lancha-ambulancia. Esto es aún peor en comunidades más alejadas. Sin duda esta situación solo va a empeorar, pues, debido a las diferencias políticas del nuevo gobierno brasileño con Cuba, los médicos cubanos que actúan en la región bajo el programa Mais Médicos van a retirarse en los próximos meses.


Pasos perdidos


En estos últimos cinco días había sentido una melancolía fuera de lo normal y sentía falta de hablar con mis familiares. Tal melancolía resulto ser justificable, como si los sentimientos me quisieran decir algo. Después de no haber podido comunicarme por casi una semana dado a la falta de recepción en mi celular, finalmente pude conectarme inesperadamente, al conectarme a la internet satelital en una de las comunidades. Una vez me conecté, la realidad se me vino encima. Recibí muchos mensajes de mis allegados preocupados por mí. Ellos, extrañados por mi ausencia, intentaron buscarme, llamaron a las alcaldías locales intentando averiguar algún numero de la organización y así dar con mi paradero. Aunque me pareció un poco exagerado, no puedo negar mi culpa por no avisar claramente que estaría varios días sin comunicación y por no haber dejado ningún otro contacto al que pudieran llamarme. Esta situación me llevó a recordar Los pasos perdidos de Alejandro Carpentier en el cual el principal personaje de la novela se marcha a la selva a buscar instrumentos musicales y su esposa preocupada organiza una búsqueda mediática para encontrarlo.


El verde natural de la selva

La peor noticia de todas la aguardaba mi amigo Emmanuel en Boston, quien me dio la triste noticia que Felix, un compañero de la escuela secundaria quien había estudiado como marinero e ingeniero, murió en un trágico accidente automovilístico mientras paseaba en Nueva Zelanda. Mi corazón se llenó de tristeza e incertidumbre. A pesar de no haber sido muy cercano a Felix, noticias como esta me recuerdan de la fragilidad de la vida y lo impredecible que es nuestro futuro. Felix era un joven alegre y con mucho potencial que partió demasiado pronto de este mundo. Su muerte es un fuerte recordatorio de mi propia suerte al sobrevivir el mal que me agobió hace un par de años y renovó una presión en mí para encontrar mi misión de vida—mi gran intención en este viaje. Felix tenia 24 años.

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