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  • Daniel Alejandro

Las caras de la pobreza

Actualizado: 20 de mar de 2019


Comunidad de São Tomé, municipio de Portel

El primer transcurso de la expedición Vaga Lume nos llevó a Portel, a casi nueve horas de viaje desde Belém en lancha rápida. En los días siguientes llevamos a cabo un trabajo de supervisar y evaluar diferentes bibliotecas comunitarias. Visitamos un total de 11 comunidades, todas ribereñas, algunas en plataformas a la orilla del río, o al lado de estrechos riachuelos en la mitad de la selva, y otras totalmente expuestas al sol en campos deforestados dedicadas a la extracción de la madera. En este trecho de la expedición, presencié una de las principales barreras de la vida en la amazonia y las cuantiosas caras de la pobreza.


Las autopistas del Amazonas


Despertamos temprano buscando llegar al puerto antes de que clareara el día, sin embargo, uno de nuestros colegas se retrasó por más de una hora. Este colega, para ganarse el pan de cada día, trabaja en la secretaría de servicio social de Portel. Esto le ha traído relativa fama en el pueblo. Por todo lado lo saludaban y le extendían la mano, a tal punto que le bromeamos que tenía la popularidad suficiente para lanzarse como alcalde. A lo cual, con una sonrisa pensativa, nos dijo que no por que los políticos son deplorables. El gobierno municipal, afortunadamente, nos hizo el gran favor de facilitarnos la lancha del alcalde, una maquina semi-techada con un motor Suzuki 115, poderosa y rápida. Esto nos ahorró días de viaje, pues logramos desplazarnos por los ríos Pacajá y Camaraipi en los siguientes días en tramos que regularmente tomarían de 12 a 18 horas, en cuestión de 4 o 5 horas.


El río Pacajá, una de las autopistas naturales de la amazonia

Sin embargo, hasta aquí llegó la cordialidad del gobierno local. Como es común cuando hay aprietos financieros, los primeros fondos que se cortan son los de la educación, o por lo menos esto nos hizo entender nuestro colega. Al fin de cuentas, el municipio nos prestó la lancha para llevar a cabo los viajes y llevar acervos de entre 80 y 100 libros a 11 comunidades de Portel.* Aunque la municipalidad se comprometió a donar la lancha y la mitad de los gastos de la comida y la gasolina, la otra mitad quedó por cuenta de Vaga Lume. En total resultó un gasto que sumaría más de $3,000 reales ($774 dólares), desembolsando más de mil reales en gasolina para visitar solo una de las comunidades. El combustible para el transporte presentó una de las mayores barreras para nuestra expedición, y es uno de los mayores desafíos para la población de la amazonia.


El combustible para mover los barcos es exorbitantemente caro, especialmente en las comunidades más precarias y lejanas. Al precio ya oneroso del combustible se le suman los gastos de ser transportado desde ciudades como Belém y las tasas de los puertos municipales. Todo esto lleva a que viajar por los ríos—las autopistas naturales de la amazonia—cueste casi un ojo de la cara, saliendo a veces incluso más caro que transportarse en avión. Gracias a la asistencia social del gobierno y al ingenio perseverante del pueblo local, muchas familias ribereñas tienen sus propios barcos de madera para salir a los pueblos. Estos barcos techados de un solo piso y dotados de hamacas, a veces con un timón de cuerda o cadenas, tienen un motor débil y lento que puede llevar días para llegar hasta el pueblo más cercano, y aun así un viaje de estos puede salir entre 80 a 100 reales—un gasto significativo si se piensan que muchas de estas comunidades no tienen un ingreso estable, salvo las ayudas sociales del gobierno y una que otra ganancia de actividades como la pesca, la producción de farinha (la arepa de estas tierras) o la tala de los árboles, muchas veces de forma ilegal.



Comunidad Menino Deus

La dificultad del transporte debido al tiempo y lo caro que es el combustible tienen consecuencias graves, como la ausencia escolar, e incluso fatales, en caso de emergencias médicas. En los días siguientes me tocó presenciar esta triste realidad al ver en una lancha rápida camino a Belém un bebé recién nacido que agonizaba, sin ninguna asistencia médica, por más de 6 horas de viaje.


Las cuantiosas caras de la pobreza


En nuestro primer día de viaje navegamos por una hora hasta el río Camaraipi. El lugar es todo lo que me imaginaba del Amazonas. Laderas verdes cubiertas de selva densa y casas de madera, algunas coloridas, con iglesias pequeñas y cruces de palo, panteones entre la mata, y varios trapiches con canoas y barcos—algunos de estos construidos en las propias comunidades ribereñas. Llegamos a la comunidad Nossa Senhora Perpétuo Socorro, una comunidad ribereña de no más de treinta casas, todas montadas en plataformas, con un centro comunitario amplio construido en madera. La comunidad me pareció organizada, y aunque carente, la pobreza no daba aires de miseria; tampoco era así en las otras dos comunidades que visitamos. Una de ellas con una escuela nueva, amplia de pisos de losa blanca, con internet satelital y planta de luz y dos calles que habían sido (unos años atrás) asfaltadas. La pobreza de algunas casas se contrastaba con la comodidad de otras. Varias familias contaban con paneles solares y casas de tabla o adobe de dos pisos.


Comunidad en el río Anapú

Todo esto puede llevar a pensar a cualquier forastero con un ojo superficial que en el Amazonas no existe la pobreza. Dirían que existe tan solo una carencia común de lugares tan alejados de los asentamientos más poblados. Pero esto sería decir una idiotez, en el mejor de los casos, y en el peor, una insensatez arraigada en ignorancia y desdeño por la realidad. La verdad es que la pobreza sí existe, aunque se disfrace con otras caras que no asemejan a la miseria. Aquí los casos de desnutrición son comunes, muchas personas pierden muelas por falta de suministros alimenticios. Tampoco es extraño conocer adultos analfabetos—como lo era un señor que nos recibió en una de las comunidades y quien nos expresó que él con el mayor de los gustos le ayudaría a su mujer a manejar la biblioteca comunitaria, solo que no podía entender nada de lo que decían esos libros. También, varias actividades ilegales como la prostitución, en algunos casos de menores, prevalecen en casi todos los pueblos.


Este igarapé es la única forma de entrar a la comunidad de São Tomé

En la Cuenca Amazónica, los aserraderos (maderieiras) son sinónimos de miseria. En el río Pacajá, visitamos el asentamiento Nossa Senhora da Saúde, la comunidad más alejada de todas, construida por una compañía maderera, y que se encuentra conectada con la carretera Transamazônica. Todo el lugar irradiaba un aire de tristeza. Aparte de estar en medio del sol y el polvo, entre colinas destapadas y lodazales de tierra amarilla, un olor a basura descompuesta impregna todo el lugar. Este olor que emana de la madera cortada llamaba la atención de las aves carroñeras, cuales materializan la decadencia, rondando por todo lado, postrándose en los puestos de luz, en las laderas de la escuela, y a las afueras de la plaza comunitaria. La empresa le dona la electricidad a la escuela como parte de un arreglo con el municipio. Sin embargo, el resto de la comunidad solo tienen electricidad en la noche de las 7 a las 9pm. Horario en que los trabajadores al terminar sus deberes en la serrería y llegan a sus casas a ver la televisión y prepar la cena.


Asentamiento Nossa Senhora da Saúde, río Pacajá

Al presentar nuestro agravio porque los libros de la biblioteca parecían estar en desuso, la directora de la escuela nos confesó que simplemente ella no tenía tiempo para asegurar que la biblioteca funcione, pues trabajaba en 12 escuelas más, y vive en un barco para conseguir visitar cada escuela, aunque sea una por día. En esta comunidad, al igual que muchas, la mayoría de los profesores viven en los pueblos y solo visitan las comunidades para trabajar. Al igual que la directora, ellos se sienten visitantes. En verdad ese parece ser el caso de toda la comunidad. En Nossa Senhora da Saúde no es el mar o el río que mueve los pormenores y el futuro de la comunidad, en este aserradero la comunidad entera se mueve alrededor de la empresa maderera. Pese a existir un campo grande frente a la iglesia, con varias sillas que funcionan con un centro de convenciones o estadero, el cual la población pueden usar para reunirse, allí no parece existir un sentido comunal. El asentamiento es en verdad un campo de trabajadores, tal como los Bateys en República Dominicana, donde los Haitianos van a cortar caña y donde muchas familias a lo largo de los años se han asentado.


En Nossa Senhora da Saúde, por primera vez presencié algo que con certeza puedo llamar miseria. No puedo evitar pensar en la ironía que resulta que de todos los lugares que he visitado, uno de los pocos donde existe un sustento económico estable sea donde se vive peor. Tal como esta comunidad, existen muchas otras en condiciones aún más precarias, sustentadas en un negocio redondo, donde un patrón local o una familia controlan aldeas enteras, explotando el terreno y dando empleo pero también cobrando por todo el consumo básico de los trabajadores. Es verdad, en la amazonia la pobreza tiene muchas caras; y aquel patrón maderero, con pinta de jinete del viejo oeste, de sombrero, botas de cuero y jeans, es un determinante crucial de una de esas caras.


La escuela de la comunidad Menino Dios, cual recibio una de las primeras bibliotecas implantadas por Vaga Lume.

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*Tristemente, varias de las bibliotecas en estas comunidades fueron cerradas, lo que significa que la ONG dejó de invertir en ellas, enviando nuevos acervos y capacitando el personal local, pues no estaban funcionando de una manera adecuada o simplemente no se les estaba dando uso a los libros)

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