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  • Daniel Alejandro

Listo pa'l Amazonas

Actualizado: 19 de mar de 2019


Yo a las afueras de Vila Rica

Se me hizo un poco difícil lanzarme nuevamente a la aventura. La comodidad de los últimos meses me han domesticado más de lo que me gustaría admitir. Pero si de algo me han servido mis experiencias en la ruta, es que para serle fiel a la aventura es necesario actuar con espontaneidad. Así que tan pronto acabó mi trabajo en la campaña electoral de mi novia—quien ganó con más de 264 mil votos. Algo histórico y más que merecido—tuve luz verde para comenzar mi viaje. Decidí, entonces, de un momento a otro, tomar rumbo.


Activé algunos contactos cuales, de una manera prematura, había encontrado durante mis primeros meses de ocio en São Paulo. Decidí retomar las conversaciones enterradas en mi lista de WhatsApp y bandeja de e-mail, y le escribí a varias personas, entre ellas Lohana, quien trabaja para la organización sin animo de lucro Vaga Lume, una ONG que se enfoca en empoderar niños y comunidades en la Amazonia Brasileña a partir de la promoción de la lectura y gestión de bibliotecas comunitarias. Conocí a Vaga Lume y su trabajo por medio de varias conexiones que me llevaron desde Harvard hasta la Universidad de São Paulo (USP), y corrí con la suerte que solo por indicaciones de terceros me abrieran las puertas como voluntario, bajo la promesa de producir unos vídeos y relatos escritos contando la historia oral de las comunidades. Aunque no sé mucho de producción audiovisual, salvo por los dos mini documentales que produje para Global Potential durante la secundaria en mis viajes de servicio social a Haiti y Nicaragua, espero poder innovar de alguna manera y así contribuir a la misión noble de Vaga Lume.


Como solamente he de encontrarme con Lohana el 5 de noviembre en Santarém (en Pará) y solo hasta el 29 de octubre he de viajar a Manaus (en el estado de Amazonas), decidí aprovechar la semana para aclimatarme de nuevo a la aventura, colgandome una mochila al hombro para vagar unos días sin rumbo, intentando así dejar al lado los caprichos y necedades de la comodidad burguesa.

Siguiendo el consejo de un profesor amigo arqueólogo, Eduardo Góes Neves, a quien conocí en Harvard en uno de los cursos dentro del histórico museo Peabody, decidí conocer el bello estado de Minas Gerais. El profesor me recomendó visitar la sierra y los pueblos coloniales, a través de la Estrada Real, que conectaba a los pueblos mineros de la antigua colonia portuguesa con los puertos de Salvador de Bahia, Rio de Janeiro y Paraty. El profesor ya me ha dado varios consejos e invitaciones, como la de acompañarle a varias excavaciones en los estados de Rondônia y Acre, a los cuales mi compromiso con la campaña me impidió ir pero he de unírmele en otra ocasión, tal vez este próximo año. No obstante, le escuché que tenia que visitar Minas y que sin falta debía vacunarme contra el tétano, la fiebre amarilla y la fiebre tifoidea.


Compré una mochila de colores apagados, verde y marrón, la cual escogí evitando parecer otro gringo aventurero, empaqué unas cuantas camisas y pantalones, y varios objetos electrónicos, como un drone y una cámara, cuales adquirí hace unos meses con el deseo de filmar en el Amazonas. Todavía dudo si fue una inversión sana, emanada de una necesidad real para completar mi proyecto o solo otro antojo consumista. Los días dirán si verdaderamente se justifican o si solo serán un peso más en la maleta.

Emprendí, entonces, mi camino a Minas. En las horas de la noche tomé un bus desde la terminal de Tietê hasta el pueblo de Ouro Preto. Dormí casi todo el camino y solo desperté con la helada de la mañana, en medio de la neblina blanca y densa que rodeaba la carretera. En unas cuantas horas estaba en la estación de bus de Ouro Preto. Me sorprendí porque no había nada que indicara que era un pueblo colonial, sin embargo al adentrarme unos pasos en la carretera de cemento, comenzó un camino de piedra y al fondo divisé una iglesia magnífica y antigua. Era la iglesia São Francisco de Paula, cual parecía estar detenida en el tiempo como una roca prehistórica o un ceiba fundacional, erguida y marrón como una extensión más del terreno. La iglesia parecía abandonada, pero después de ver el panorama de Vila Rica—como se le llamaba a Ouro Preto—un pueblo entre colinas, con más de 15 iglesias y capillas, una a escasos metros de la otra, razoné que esta iglesia a las afueras del pueblo no debía ser una de las más frecuentadas, aunque sin duda debe ser una de las más fotografiadas.


Iglesia de São Francisco, Ouro Preto

​Un agnóstico no practicante en Ouro Preto


Ouro Preto, en su época dorada, fue una de las ciudades más pobladas del nuevo mundo. Fue una historia de esplendor natural e ingenio humano pero también de increíble y despreciable sufrimiento. Como uno de los más importantes centros mineros de la colonia portuguesa, Ouro Preto esclavizó un gran número negros africanos. En una visita a la casa de la moneda, ahora Museo del cuento, una de las tantas casonas opulentas y hermosas en esta ciudad de piedra, presencie una historia de belleza y horror. Esta casa grande, de varios pisos de madera y adornos coloniales finos y preciosos, está apoyada sobre un sótano, donde los esclavos africanos trabajan y vivían. Allí hoy en día, en medio torniquetes de hierro y otros objetos usados para retener, marcar y castigar los esclavos—como unas pinzas usadas, según comento un guía afro-brasileño, para «castrar negros»—se me presentó una realidad amarga de este país y del pasado triste y oscuro de Nuestra América. Esta casa-museo relata el horror vivido en la sociedad colonial con el mayor número esclavos africanos en el mundo. No pude evitar pensar que todas esas capillas e iglesias fueron construidas con el propósito de redimir la culpa por tantas ofensas cometidas a la dignidad e integridad humana.



Aquí quiero compartir una historia de esta Vila Rica, donde se dice que en los tiempos de la colonia vivió un esclavo de Angola que siendo rey de su tribu fue capturado, esclavizado y enviado a Brasil en un barco negrero. Aquí se dice que trabajó en las minas y poco a poco fue guardando pelotillas de oro en su pelo y otros orificios de su cuerpo hasta recaudar lo suficiente para comprar la libertad de su hijo y luego la suya. Chico Rei, como se le conoció, ahora como un libre, compró una mina de oro donde permitía a otros negros ganar dinero para pagar su libertad. También se dice que los esclavos guardaban el oro en sus muecas para construir la iglesia de Santa Efigênia, una virgen negra, a la cual los esclavos adoraban y guardan oro para construir un templo a su honra y adornar su corona. Esta historia me resulta tan interesante por la ironía que lleva. La misma institución que tolero la esclavitud de tantos, era la misma que algunos los esclavos buscaban honrar, sacrificando preciado oro que podría a ver sido usado para su libertad pero era usado para honrar a una causa simbólica y espiritual. Todo esto me lleva a dudar de la validez de tal historia, pero nada raro sería. La historia humana esta llena de estas ironías.

Estos meses en Brasil me han hecho apreciar la iglesia por su valor social, especialmente entre comunidades pobres como la de mi novia, donde una iglesia misionaría ayudo a construir el asentamiento y hasta hoy es parte integral de la comunidad. Sin embargo, hasta hoy no puedo entender las contradicciones morales de la iglesia, de la religión que permitió y practicó los horrores de la conquista la inquisición y la esclavitud, por mencionar solo algunos. Estas contradicciones morales, que no se limitan al pasado pero que aún persisten hoy con la oposición de las facciones ortodoxas de la iglesia a los preservativos, el aborto y la unión homosexual, me llevan a pensar en la religión como un mal, que según Bertrand Russell, es «el principal enemigo del progreso moral en el mundo».

No obstante, la realidad es que todavía no sé que pensar sobre la religión. A veces creo que creo un dios omnipotente, a veces pienso que soy parte de la iglesia, sin embargo lo más sensato sería decir que soy un agnóstico no practicante: pues pienso que puede y no puede existir un dios, y que si existe sería muy diferente de como lo pinta la biblia, sin embargo todavía intento ir a misa todos los domingos y antes de dormir rezo el Padre Nuestro, y hasta hoy sigo practicando los sacramentos. Quizás todo esto solo sea causa de un miedo irracional que me lleva a no querer no creer, o tal vez, parte de mí sea un creyente, aunque vago y débil, aferrado a la idea de un drama cósmico, el cual me dio una segunda oportunidad en este mundo, porque hay reservado para mí un destino con sentido y propósito. Tal vez así sea o tal vez no, más por en cuanto prefiero no negarme a tal posibilidad.


Mariana


Luego de mi experiencia en Ouro Preto, me dirigí al tren hacia la comunidad colonial de Mariana. Sin rumbo alguno, confieso que solamente visité este lugar atraído por su nombre, igual al de mi hermana menor. El tren que me llevo a Mariana es de la compañía minera Vale, una de las mayores multinacionales del mundo, y que hoy en día parece ser dueña del estado de Minas, teniendo el control del tren turístico que conecta los diferentes pueblos mineros y un gran museo Memorial al estado de Minas Gerais en Belo Horizonte. Fue difícil para mí reconocer exactamente que era la Vale, pues vi tal nombre escrito en guías de turismo y otras actividades culturales. Esto es un claro ejemplo de una campaña publicitaria para promover la imagen de responsabilidad social y cultural de una empresa y una muestra de la fusión de las corporaciones multinacionales con todas varias ramas de la sociedad, no solo la económica, al punto que ya no se puede diferencia con que se está lidiando exactamente, ¿un museo, una empresa de transporte, una escuela, una mina?


En fin, mi viaje a Mariana fue corto, pues me tomó la ansiedad de regresar a São Paulo para preparar mejor mi viaje a la Amazonia, escribir este blog y poner en orden otros asuntos. Mi ansiedad solo se hizo más fuerte con la angustia de viajar solo y sin un rumbo cierto. Así que esa misma tarde, a solo días de emprender mi camino, partí a la capital del estado, Belo Horizonte, donde siguiendo la recomendación de una compañera, viajé a degustar la famosa comida Minera y visitar museos, como el Memorial de Minas, donde presencié un de las exposiciones más innovadoras que he visto hasta ahora. Siguiendo la idea del museo interactivo, la exposición proyectaba en las castas gigantes de una mano y tres cabezas, la cara representativa de los tres tipos de etnias que se encontraron en el nuevo mundo: las europeas, las africanas y las indígenas; de las cuales su mixtura resultó la población de Brasil y América Latina. La exposición duro más de treinta minutos, presentando la historia del descubrimiento, las tragedias de la conquista y la esclavitud, y el resultado de la mixtura y el mito de la Democracia Racial, culpable por décadas de ocultar el prejuicio y racismo de estas tierras y sus vecinos países como Colombia. Después de ver los museos y comer hasta saciar mis ansias, decidí regresar a São Paulo para meditar sobre mi viaje, tan próximo, a la Amazonia, donde por fin he de resolver una duda que tengo desde niño: ¿que tan grande puede ser el rio Amazonas y que es vivir allí? Una pregunta simple, que espero tenga implicaciones grandes que me lleven más cerca del propósito de este viaje: conocer el significado de la justicia y mi papel junto a este ideal.


P.s. Tal vez la próxima vez que escriba solo sea desde la precariedad de la selva, y entonces mí recado solo sea una cuartilla o menos. Pero no quiero adelantarme. Esperemos a ver.


São Paulo

octubre 24, 2018


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