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  • Daniel Alejandro

Los tres machetes

Actualizado: 20 de mar de 2019



Varios años antes de que los gusanos intentarán comérselo vivo, Leonel ya había escapado de la muerte unas tres veces. La primera fue cuando una vaca salvaje le corneó la cara y lo dejó tuerto, la segunda cuando los armados lo secuestraron por dieciocho meses, y la tercera cuando lo machetearon hasta darlo por muerto.


Esta última escapatoria fue la más inverosímil de todas. En una víspera de año nuevo, cuando su reloj de mano marcaba las tres y cuarto de la mañana, Leonel salió de la fiesta más esperada de la vereda. Un hombre de sombrero blanco y machete con cubierta de cuero lo miraba sigilosamente. No lo perdía de vista. Ni cuando desamarró su mulo de las estacas que cercaban el patio de la fonda, ni cuando cruzó los guayabales que rondaban la carretera hacia el cañón del río.


Era una noche de esas donde parecía todavía de día, donde la luna brillante y grande acompaña al caminante como un ángel de la guarda. O más bien, en el caso de Leonel, como el ángel de la muerte, persiguiéndole y proveyéndole guía a sus enemigos. El señor de sombrero blanco y machete con cubierta de cuero no desistió de su persecución solapada. En tanto Leonel cruzó la cuchilla y emprendió camino monte abajo, otros dos hombres, con de a machete, montaron sus mulos buscando alcanzarlo.


Casi al fondo del cañón, en la inmediatez del río, Leonel se percató de que estaba siendo seguido. Las algarabías y palabrotas—de que te vamos a matar, donde te alcancemos no vives, de espérate y verás—eran inconfundibles realidades de un presagio que lo acompañaba desde un día de feria que una bruja le leyó las cartas y le predijo que moriría ahogado y tan pronto como cayera el sol. Desde entonces había andado acompañado de un crucifijo de pepitas de cobre y una calcomanía de la Virgen María en su billetera. Aunque se percataba de no verse temeroso ante el presagio de su muerte, se cercioraba de que no lo agarrara la noche fuera de casa o en lugar extraño, y mucho menos lejos de su machete o su mulo Palomo por si necesitaba pelear o huir.


Pero en esas anduvo por más de siete meses y dos noches hasta el día de la fiesta veredal. Una fiesta esperada desde los días de la fundación de la molienda, donde por primera vez habían traído una pianola eléctrica, donde tocaban carrileras y otros éxitos norteños hasta que la batería se descargara y tocaba darle vueltas al dínamo para recargarla. Esta fiesta veredal pintaba ser la fiesta del siglo, con una orquesta musical y organeta, acompañada de una planta eléctrica con dos barriles de gasolina, por si se prolongaba la parranda. Era una cosa imperdible y él no tuvo opción de negarse cuando un día enfrente de la muchedumbre uno des sus tantos socios ganaderos le preguntó si iba al baile. Intentando conservar su hombría, dejo de un lado los malos presagios y respondió:


-Claro que sí hombre. Una bruja no me va a amargar la fiesta.


Los gritos y alaridos se hacían cada vez más cerca y la espesura del monte iba apagando la luz de la luna. Al llegar al litoral Palomo se pasmó y se negó cruzar el río crecido. Ya era demasiado tarde. Los tres hombres y sus caballos lo tenían cercado. O se tiraba al río, o se dejaba matar a machetazos. En una mistura de temor y coraje, la duda de morir ahogado le pudo más y decidió medirse ante tres hombres y sus filos. Un machete le rozó la pierna y otro le perforó el brazo, mientras el tercero le clavó su filo en las costillas. Él en medio de alaridos alcanzó a desenvainar su machete y revolotearlo en las piernas de uno de los hombres y, con un raso certero que le mochó un pedazo de carne, logró derribarlo. Eso fue suficiente para que el tercer hombre bajara de su mulo y le metiera un cuchillazo en la espalda que lo dejara por muerto.


Ya habían sido casi tres horas desde que había emprendido la persecución y el sol comenzaba a salir y clarear el cañón del río. Fue entonces que se precipitaron a enterrarlo, temiendo que los alaridos hubieran alertado algunos vecinos de aquella matazón. Pudieron tirarlo al agua y dejar que la corriente se lo tragara pero corrían el riesgo de que flotara y terminara en las playas río abajo. Así que decidieron enterrarlo allí mismo. A punta de palos y picas improvisadas de piedra, comenzaron a cavar un hueco donde los sepultaron a medias y a escasos centímetros de la superficie, cubriendo su cara ensangrentada, pálida e hinchada como el cuero de un balón. Los ruidos en el camino y la luz del amanecer, los alertó de la gravedad del asunto, entonces salieron despavoridos, cada uno por su lado, para fingir que nunca estuvieron juntos.


A las siete menos quince Palomo llegó solo a la casa de Leonel. Sus siete hijos y su mujer estaban en casa, pero solamente Toñito, el hijo menor, se percató que el macho había llegado sin su padre. El muchacho pensó que se había quedado borracho en la fiesta y Palomo había logrado desatarse. Así que intentó bajarle la montura y quitarle la rienda del cuello. Pero el mulo se corría, brincaba y relinchaba. Al intentar entrarlo a jalones al corral, Palomo dio un salto brusco que lo arrojó de cara al lodo, y relinchando se echó a correr. El joven sintió un calor subirsele a la cabeza y con las manos enlodadas intentó tomar la soga, pero Paloma tiró con tanta fuerza que lo arrastró hasta las afueras del corral. Fue entonces que él se percató del comportamiento extraño del animal y decidió seguirlo.


A Leonel lo habían dado por muerto al enterrarlo. Sin embargo, por un milagro y una suerte descomunal, él había recibido un machetazo al cuello que le rozó la yugular pero solo lo dejó desangrándose a gotas, inconsciente, medio tapado por la tierra tirada a apuros por los tres agresores, pero lo suficientemente densa para oprimirle el pecho a lo largo del día, asfixiándolo poco a poco.


Palomo seguía corriendo sin esperar a Toño. Tan rápido fue aquel mulo que él lo perdió de vista pocos minutos después de seguirle el paso, atacado por una tos que cada vez se le empeoraba más por culpa del cigarrillo. Ya era casi mediodía y el sol comenzaba a opacarse por unas nubes oscuras que avistaban una tormenta. Quería descansar pero pensó que la lluvia ahuyentaría más al mulo. Entonces continuó la marcha, espantado por la lluvia y en medio de la zozobra del panorama cada vez más gris y oscuro.


Podía escuchar el río, las piedras que rodaban arrastradas por la corriente y el sonido de las hojas abalanzándose en el viento. Entonces perdió la conciencia y solamente volvió a recuperarla cuando una gotera le comenzó a caer en la frente. Una lluvia torrencial había comenzado, tornando su sepulcro en una lápida de lodo pesada que le oprimía el pecho ahogándolo. Entonces escuchó un relincho, unos bramidos de bestia, que se confundían con unos lloriqueos de niño. Era Palomo. Había vuelto por su amo.


El macho no había llegado solo, Toño siguió sus pasos y logró llegar al río a escasos minutos de caer el sol. Al ver la sangre oscura y coagulada en la arena, un frío le pasó por los huesos y sospecho lo peor. Alguien había matado a su padre, y Palomo lo había traído a reconocer el cuerpo. En cuanto las lágrimas le invadían los ojos y se le atoraba la garganta, escuchó unos gemidos a escasos metros. Entonces decidió indagar. Ahí al lado de un monte de tierra y arena, y algunas hojas mal tiradas, estaba su padre; pálido como la leche pero consciente.


Tres días después, con el bramar de las vacas y el cantar de los gallos, Leonel despertó en una cama de tabla, con el cuerpo amarrado con trapos blancos y pintas de sangre vieja. Lo primero que vio fue el techo de zinc, con huecos que dejaban entrar rayos de luz que vislumbraban millares de partículas de polvo. Entonces miró hacia la puerta, y allí los vio, encima de la mesa, tres machetes, uno de ellos con una cubierta de cuero, organizados meticulosamente uno al lado del otro como trofeos.

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