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  • Daniel Alejandro

Regreso a Santarém: un par de cuentos y una promesa



Una vez más me encuentro en las playas de Santarém. En la víspera de 2019, tomé la decisión desplazarme río arriba diciéndole adiós a las lluvias rutinarias y lúgubres de Belém y declarando como mi única resolución de año nuevo entregarme a la suerte como escritor. Así que me fui, como parte de mi beca, buscando trabajar con otra ONG, esta vez en el área de la salud, en la región de Santarém. Ahora, un mes y poco desde mi mudanza, las cosas apenas empiezan a tomar un mejor rumbo, y por primera vez, en mucho tiempo, me siento en la necesidad de escribir alguna noticia sobre mi viaje y compartir una promesa que me he hecho.


La pereza y la inseguridad han sido dos grandes responsables de mi falta de atención a este blog. Pido disculpas. Sin embargo también me he ausentado debido, primeramente, a las ansias de plantar mi carpa de trotamundos en algún lugar lo suficientemente cómodo para permitirme llevar a cabo mi trabajo de voluntario y sentarme a escribir alguna vaina productiva. Las últimas semanas, me he pasado recorriendo hoteles y hostales, de un lado a otro, conociendo gente, y haciendo amigos en mi nuevo trabajo como voluntario en un proyecto fascinante llamado Saúde e Alegria (PSA).


PSA es una ONG que por casi treinta años ha realizado varios proyectos principalmente en el área de salud en la región de los ríos Tapajós y Arapiuns. Hasta el momento mi trabajo se ha limitado a misiones de acompañamiento a los diferentes proyectos de la organización, como un programa de radio comunitaria, talleres sobre controles de pesca para familias ribereñas, y el registro de un proyecto de cisternas que provee agua a decenas de familias en el área. Todas estas experiencias me han permitido viajar en barco y lancha a comunidades como Solimões e Anumã, divertirme tomando cerveza con amigos y visitar bailes comunales. Todo esto ha hecho de mi tiempo en PSA una experiencia satisfactoria y entretenida.



En una visita a la comunidad de Aracampinas en el Río Amazonas junto a jóvenes comunitarios y las ONGs, PSA y Sapopema.

Mi afán por asentarme también viene de las ansias de crear un hábito de escritor. Hasta ahora he pasado mis días buscando historias, comenzando cuentos para no terminarlos, anotando refranes que puedan convertirse en diálogos, e imaginando escenas pintorescas que pueden divertir a un eventual lector. Cuentos que tal vez sin ser terminados ya están mandados a recoger, y que aquí comparto para dar testimonio de mis fútiles esfuerzos de escribir algo que valga la pena. Son dos escritos.


El primero, es un relato de un encuentro peculiar en las calles de Santarém, en los primeros días de mi llegada, titulado La resurrección, dice:


«Felicitaciones por su resurrección», gritó la joven ecuatoriana al señor Carlos Parra, un vagabundo cuarentón de Bolívar Antioquia con pinta de culebrero, que hace más de trece años viaja por el mundo buscando conocer la energía cósmica que lo salvó de la muerte certera, cuando una cirrosis crónica le inflamó el hígado y le hinchó la barriga como un balón. Carlos ya ha vivido en todo el mundo, conoce Chesapeake Massachusetts y atravesó la selva por la frontera de Leticia y Tabatinga. También se rifó la suerte con una tienda en Manaos, la cual dice le robaron como el resto de su fortuna.


Dice que fue un persona adinerada y que lo perdió todo por la guerrilla. Y tal parece ser verdad, aparenta ser educado con una buena habla y conocimiento amplio, pero recorre las calles de Santarém con escasos cachivaches: una mochila marrón clara, unos jeans ordinarios y desteñidos, y un sombrero de alón curtido, con diferentes ornamentos y flores artificiales, cada uno de mujeres que marcaron su tiempo en la tierra, como: la flor de una alemana periodista quien escribe las memorias de su vida, el atrapa sueños de una francesa viajera que lo enamoró, y un tamborcito de una argentina que lo curó y que a pesar de estar comprometida se convirtió en su amor platónico. De esta última estuvo tan tragado que un día en Paratins lo sorprendió el destino con una visión de su amada enviándole un beso desde un cuadro de una flor. Él le respondió tirándole otro beso, que meses después, en persona, ella le confirmó haber recibido.


Hoy, después de su resurrección, recuperado del alcoholismo y la cirrosis, Carlos aguarda que Justicia y Paz reconozca su condición de desplazado y le otorgue una indemnización con la cual piensa hacerse una casita en las inmediaciones de la playa de Punta Piedras, donde espera vivir hasta sus últimos días, dichoso, radiado por la energía del universo.



El segundo escrito es un cuento aun sin fin, inspirado por los restos insípidos de una ballena encallada en la mitad de la amazonia, la cual encontré en la antigua alcaldía y hoy museo de Santarém. Los primeros párrafos rezan:

El 14 de noviembre de 2007, día en que la ballena antártica encalló en las playas del Río Tapajós, Rogério Soares, biólogo e investigador retirado, recibió una llamada de tres toques en su despacho y decidió no contestar. Exasperado al despertarse pidió a su asistente abrir las ventanas del recinto. En inmediato la bahía del río inundó la sala con un bochorno acompañado de un olor a tierra y peces muertos. Las bromelias del jardín revolotearon con la brisa y el teléfono volvió a sonar. Esta vez fueron dos toques hasta que Rogério atendió con una voz letárgica, casi insonora a las horas del almuerzo.


-Son las horas del almuerzo. Sea breve. ¿Que quiere?


Al otro lado de la línea le comunicaba una voz sin identificar que una ballena de porte medio tal vez de unas 5 a 9 toneladas había encallado en las orillas del río Tapajós en la comunidad de Piquiatuba. La ballena se había adentrado desde la boca del Río Amazonas y recorrido más de 1500 kilómetros desde Macapá hasta las aguas de Santarém.

Escéptico e irritado por interrumpir su ritual de siesta, Rogério mando a los de la línea a comer mierda:


-Vuelvan a llamar cuando encuentre un elefante volando -, dijo y colgó abruptamente, cerrando sus ojos e internándose en un sueño diurno.


Más o menos esto ha sido en que he ocupado mi tiempo. Ahora una promesa. Prometo, en los próximos meses (contando con la buena fortuna de que me prestaron un lugar donde vivir), sentarme a terminar estos cuentos y también escribir algunas reflexiones filosóficas en forma de relatos. Espero mis publicaciones sean semanales o por lo menos bisemanales. De ahora en adelante, si he de perderme, que sea en este camino de arduo trabajo creativo. Una vez perdido, la sensación de perderme aún más no me molesta. Bien dicen por ahí, perderse es la mejor manera de encontrarse.


Foto del lugar donde nuestra lancha se varó después de que se nos acabara el combustible. Los comunitarios nos ayudaron a halar la lancha por medio de los pastizales inundados y un pescador nos prestó gasolina para regresar a la comunidad de Aracampinas.

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