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  • Daniel Alejandro

Tres lecciones desde la selva


Várzea del río Amazonas, cerca de la ciudad de Santarém

Mi viaje fue incitado por las ansias de conocer el significado más humano de la justicia. Una intriga emanada de mis vivencias desde niño y acontecimientos recientes que me llevaron a conocer la fragilidad de la vida. Este viaje es una búsqueda proveniente del sentimiento de culpa, al cual la arrogancia del conocimiento me arrojó, llevándome a confundir la justicia con rayos acusatorios que buscaban la resolución con la mera retribución; algo fácil y vulgar, derivado de la acción de buscar culpables y merecedores entre extremos de “ellos” y “nosotros”. En esta travesía de nivel personal y filosófica, para buscar el significado humanamente real de la justicia, he aprendido varias cosas que me gustaría compartir, como mis impresiones hasta ahora sobre la amazonia, el desarrollo de mi viaje, y algunas lecciones de vida que he aprendido y espero recordar.


La vida en el Amazonas es lenta, de un ritmo parsimonioso que no debe confundirse con falta de ánimo o desinterés. Este simplemente parece ser el ritmo de vida en algunos lugares, como en la Isla de Marajó, donde el ritmo es determinado por el va y viene de la marea. Tal vez, este mismo simplemente se deba al calor y la humedad, que causa tal letargo que esconde las personas en las hamacas y en los fondos de las sillas. O, más probable, tal vez sea la imposibilidad física de moverse. Aquí en el Amazonas, la dificultad del transporte limita la vida. Un viaje por el río hacia un pueblo o ciudad como Belém o Santarém puede llevar horas o días, y hasta semanas desde algunas comunidades. Eso en el caso que sí haya transporte, el cual muchas veces es extremadamente caro por la carencia del combustible. La falta de trabajo estable y condiciones de vida básicas, como educación y salud, sumen a muchos a la espera de la pesca y la agricultura, reparando sus tarrayas y aguardando la madurez de las cosechas. Esta espera afecta principalmente a los niños y jóvenes, quienes en ocasiones tienen que aguardar semanas e incluso meses para resumir la escuela, que pausa sus actividades por la falta de transporte o comida para los estudiantes y profesores.


Esta situación de espera indeterminada y aparentemente eterna sume a gran parte de la población local en un letargo de retraso en medio de un entorno constantemente cambiante. De manera natural, las lluvias suben y bajan los niveles de los ríos, inundando planicies y llenándolas de verde y de vida. En cuestión de días, los panoramas, la estética y estructura de los contornos mudan. Otros casos de cambio son tristemente resultados de la responsabilidad humana, como es el caso con la deforestación, cual acelera cada día, transformando el entorno, amenazando vidas y especies. Solo este último año se reportaron los niveles más altos de deforestación por encima de la última década. Este letargo o ensueño que cubre y encapsula a la población es una trampa de muerte que se cierra lentamente, a cada momento, ahogando la vida de sus habitantes. Es una trampa que parece tener vida propia pero sin un actor cierto o por lo menos indescifrable a primera vista. Han sido estas vivencias que me han arrojado a pensar en la complejidad de las preguntas más apremiantes de nuestros días.


Preguntas esenciales como, ¿quiénes son los responsables de la pobreza y la miseria?, es decir de la injusticia misma, llevan con si implicaciones de autoridad y agencia que resultan demasiado difíciles clarificar y son irresistiblemente fáciles de responder atribuyéndolas a extremos de “nosotros” versus “ellos”. Una practica de pasar la bola o de arrojar la basura al río para que desaparezca de nuestra vista. Es una acción de buscar culpables totalmente opuestos. Una practica fácil para ser enteramente cierta.


Las vicisitudes de la vida me han llevado a recorrer una parte, aunque aun pequeña, de este mundo y entender la humanidad o la esencia particular de los extremos opuestos. Este recorrido del vivir puede enseñar la inocencia y culpabilidad de los extremos, y cómo puede revelar que la culpa es de todos, en un tono conciliatorio y políticamente correcto, también puede mostrar responsables indirectos y autores materiales.


Somos humanos dotados de acción, aunque no libres del mismo modo en muchos casos, todos a cierto nivel personal llevamos la responsabilidad moral de los males en este mundo, al igual que parte de sus logros. Sin embargo, encontrar responsables de bienes y atrasos no puede ser una tarea fácil de exonerar y culpar en masa, agrupando personas en conglomeraciones de clases y etiquetas como el ser humano, atribuyendo sentencias y dando regalos sin mérito ni culpa. Pero tampoco debe ser un acto de buscar solamente individuos, creyendo que solo el ser por sí solo tiene la razón para generar mérito y culpa de sus actos. Esto sería un vulgar extremismo más.


Más bien, debería ser un acto de método, de ejercicio, que comienza con la idea de que cualquiera puede ser tan culpable como inocente, y que de ser responsable cabe la posibilidad que la acción se haya hecho inconsciente, partiendo de prejuicios y hábitos, y no de mala fe. Este método, al cual me refiero, es el acto que busca la conciencia que nos hace responsables, y por ende, debería ser el acto principal de los que buscan justicia.

Conocer la fragilidad de la vida me abrió los ojos a lo cercano, presente y común, lejos del reino inmaterial y efímero de las ideas, del cual la idea malentendida del materialismo no escapa. Esta experiencia me abrió a ver el mundo con los ojos y no con los oídos. Viendo personas, individuos y relaciones humanas, tan ordinarias pero elementales, que no por ser comunes sobran en su complejidad e inmensidad. Ver el mundo con los ojos comenzó mi proceso de liberación de los dogmas, la ideología, y la opinión sin fundamento. Y aunque hasta hoy ando en este recorrido arduo de encontrar el significado de la justicia, no puedo ni debo jactarme de tener un conocimiento cierto e inmutable de la misma. Sin embargo tengo tres lecciones aprendidas, las cuales mi experiencia en la amazonia me han ayudado a esclarecer. Por mucho que odie las frases de lecciones o consejos que puedan sonar remotamente cercanas a la autoayuda, pues usualmente están llenas de retórica vacua y superioridad moral sin ninguna base, aquí les comparto en tres reflexiones mis lecciones aprendidas hasta hoy. Todo con el fin de definirlas en mi mente y vida, y traerlas al mundo para debatirlas:


1) No hay un maestro de títeres o Mago de Oz detrás de la máquina. Es decir, no existe, por lo menos hasta ahora, quien o quienes logren por su cuenta propia controlar el mundo y a quien se le pueda hacer responsable de todos los problemas y los logros de este camino que llamamos la humanidad. Si algo se acerca diminutivamente a la imagen de la responsabilidad y autoridad, sería un ente colectivo, algo parecido a la metáfora de una tarraya de pesca, vieja, llena de nudos y agujereada, que siendo así logra pescar y que a la misma vez falta en su labor.


Ha sido una reflexión a la cual he llegado a lo largo de los años, conociendo múltiples realidades en varios países, principalmente de América Latina. En todos existe la injusticia, en todos abundan los ricos y miserables, los explotados y explotadores. En todos la situación es dura, y la verdad aún más compleja de lo que se quisiera para impartir justicia.


2) No existe tal cosa como la perfección y el buscarlo lleva a la infelicidad. Esta reflexión no tiene resonancia profunda, pues es un dicho urbano, tan frecuentemente dicho que se ha tornado cliché. Pero no porque sea conocimiento general también se practica corrientemente. La verdad es que nos decimos esto más de que lo practicamos. Buscamos el momento ideal, la frase perfecta, la condición precisa, y al querer hacerlo, logramos destacarnos y superarnos, pero también logramos querer controlarlo todo y en este intento fútil nos tornan infelices. Todo en la vida no está bajo nuestro control, eventualidades pasan y nos convertimos no en lo que queremos ser sino en lo que la vida hace de nosotros. No, el universo no conspira para cumplir lo que deseamos. Si algo conspira en nuestra contra, y esto ya sería atribuirle mucho. En verdad como individuos somos irrelevantes en el gran esquema de la humanidad y su historia, y mucho más ante el universo.


Esta lección la aprendí en el hospital, cuando mis sueños de vida fueron puestos en pausa, repentinamente, por situaciones fuera de mi control, infortunios provenientes de la casualidad del destino. Y algo similar he aprendido en mis andanzas por el Amazonas, donde constantemente he tenido que aprender a responder a los imprevistos de cada momento y situación.


3) La justicia está fuertemente ligada a la empatía. Es algo en que como individuos somos muy malos para practicar. Nos resulta casi imposible sentir e identificarnos con alguien y compartir sus sentimientos. Somos animales con sentido de preservación que buscan saciar ante todo sus necesidades básicas individuales, sin embargo somos también animales dotados con la capacidad de la comunicación, que nos permite colaborar en masa, inventar, creer y organizarnos en construcciones sociales. Y por tanto, tenemos la capacidad de cumplir mitos como la justicia, porque solo nosotros, con nuestras facultades, podemos llevar a cabo actos de empatía. Puede que tal sea el caso de otros animales, como los elefantes, de los cuales se conoce que le rinden luto a otros elefantes muertos y se ayudan unos a otros. Sin embargo, claro está que por lo menos en el reino animal, el hombre cuenta con esta capacidad, por difícil que nos resulte cumplirla. Esta visión de la justicia ligada a la empatía, enlaza al individuo con otros, y hace de una complejidad social, que podría ser subjetiva, una realidad compartida, una especie única, que se extiende al Otro con base en el individuo; para nada lejana de la regla dorada de no hacer contra el prójimo lo que no se quiere contra sí mismo.

Son tres reflexiones que han resonado conmigo. Son aprendizajes que a diario están mudando la manera que navego el mundo. Son tres reflexiones que podrían ser lecciones de vida para muchos.

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